El Blog de Marco Polo Pérez Xochipa

martes, 12 de junio de 2012

Cuando te sueltas 5/7


V

Pedro nunca me lo dijo, pero sabía que le hubiese gustado haber tenido algún recuerdo de su niñez, alguna imagen en su mente cuando por primera vez vio a su madre, cuando ella lo vio por primera vez a él. Algo así como una fotografía, en la que no se muestra el antes ni el después, se muestra sólo el momento, y entonces nos da la posibilidad de fantasear con el cómo se dieron las cosas, pero nada más. Ahora los recuerdos de Pedro eran así, imágenes aisladas y sin mucho sentido, a menos que se detuviera a analizarlas nuevamente, a revalorarlas y a robarles un poco de todo lo que representaron en su momento. 
Al paso de los años, las imágenes en su cabeza comenzaban a revolverse y sobreponerse unas con otras, como un bonche de fotografías que se caen y se revuelven y entonces deja de importar el orden de como estaban; ya no le quedaba más que eso, imágenes y recuerdos, recuerdos e imágenes, todas revueltas, desfasadas, todo lo que pudo capturar con la vista ya lo había hecho tiempo atrás, ahora sólo le quedaba percibir otras tantas cosas que antes no le habían preocupado, ahora las imágenes que no alcanzó a ver ya no las vería. Sin embargo la creación de las mismas se convertía en su incentivo, en su forma de vida y en su única manera de percibir lo que ya no había alcanzado a ver. Lo que tenía en sus recuerdos era lo único y sería sólo suyo y hecho por él, lastima que le fuera tan difícil explicarlo.

En una de las tantas madrugadas en las que Pedro hacia su vida epistolar tocó a mi puerta, me pidió que por favor lo acompañara a la azotea, él podría ir sólo, pero las alturas era algo que aún no podía dominar, y más cuando todo se llenaba de tendederos con ropa y tinacos que para él serían trampas mortales. Primero no se veía nada, todo era oscuro y silencioso, el cielo de las cuatro y cuarto de la madrugada no era diferente a otros cielos de otras noches, de otras madrugadas, de pronto algo pasó rápido, después otra luz surcó el cielo deprisa, una tercera se pudo apreciar mejor, después fueron más, todas al mismo tiempo, a lo lejos las estrellas caían y caían desde lo más alto, perforando el cielo y el frió constante. Octubre y noviembre traían todo eso, cielos despejados, noches claras y frías, atardeceres amarillos y melancólicos, hasta esa lluvia de estrellas que no se volvería a repetir hasta dentro de muchos años. Pedro se abrazaba a sí mismo mientras levantaba la cabeza y trataba de adivinar donde se originaría el siguiente trayecto de alguna estrella, momento que duraba muy poco. Cuando los pájaros comenzaron con sus trinos en los arboles nos fuimos a dormir. Yo pensaba que me había llevado para que le describiera lo que yo veía, pero él desde el principio me pidió que observáramos en silencio.

Y es que a veces no era necesario describirle nada, cuando viajaba no necesitaba ver afuera para saber por donde pasaba. Recuerdo que un anochecer de verano viajábamos por la carretera, yo manejaba mientras él a mi lado dormía, después de varias horas de viaje se despertó y solamente bajó un poco la ventana del automóvil para respirar el aire frió, supo que era de noche y que a la orilla de la carretera había altos árboles, comenzó a imaginar que quizás una luna llena iluminaba tenuemente la oscuridad del cielo y del camino, y aunque Pedro no veía nada, seguía con la costumbre de cerrar los ojos con fuerza para imaginar lo que podría haber afuera. Me imagino que era ahí cuando desaparecía un poco de oscuridad en su vida.


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2 comentarios:

  1. Buena historia, aunque no he leido las demás, siento que en la parte donde participe fue en la luna. y me parecio hermoso.
    Y ayer te volviste a quedar dormido ehh ¬¬ jaja
    Buenas lunas !
    ciao..

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  2. Es cierto... Las buenas lunas que me haz compartido, te espero en las otras historias

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