El Blog de Marco Polo Pérez Xochipa

lunes, 4 de junio de 2012

Cuando te sueltas 4/7


IV

En el tiempo en que Pedro aún podía ver también era así, tan normal, durmiendo por las noches cuando todos lo hacían, pero hubo una época en la que le gustaba mantenerse despierto toda la noche, por lo menos hasta que el horizonte comenzaba a clarear, entonces llegaba a su cama y se dormía con los trinos de los pájaros. Ahora eso no había cambiado mucho, sentía el frío y escuchaba a los mismos pájaros aglomerarse en los árboles, así era como continuaba quedándose dormido. Mantenerse despierto cuando la mayoría de la gente duerme es como caminar entre los muertos, se hace despacio y casi de puntitas para no despertarlos. Y es que después de toda una jornada (para Pedro no había días), el silencio que acompañaba a su cabeza al hacer contacto con la almohada le traía consigo recuerdos peligrosos, había que caminar entre ellos con mucho cuidado para no tener que tropezar con alguno en especial, con uno con el que no se pudiera lidiar esa noche en particular, es como caminar en un campo minado, a veces así también es como yo duermo, como yo camino.

Los lunes el correo llegaba puntual, una de mis funciones era abrirlo y leerlo sin hacer preguntas, y era difícil no preguntar sobre Clara, quien escribía a esa dirección pensando que ahí aún vivía otra persona. Cuando Pedro lo consideró oportuno me explicó, raro en él que nunca explicaba nada. Ese departamento en el que vivíamos había sido prácticamente un hotel de paso para mucha gente, hasta ahí aún llegaban cartas de personas que nunca notificaron su cambio. Una de esas cartas era la de Clara, quien se escribía con su hermana mayor y que no sabía que ésta estaba en la cárcel. Alguna vez Pedro intentó escribir la verdad, pero como en su trabajo de redactor de vidas ajenas escuchaba tantas historias, comenzó a inventarle una, sin pensarlo mucho y sin autorización de ningún tipo, sólo que con la buena intención de enviar falsas esperanzas a una anciana de provincia. Y así fue como cada mes creaba una vida para ambas, para que pudiera mantener una ilusión sin volver a saber nunca más una de la otra. Fue ahí cuando esa anciana se convirtió en tía, cuando se hizo confidente, cuando se hicieron mejores hermanas. Gracias a esas historias que Pedro escribía la viejita supo que Clara ya no regresaría, pero aún así, en el ir y venir que tuvieron esas misivas no hubo cabida para más tristezas.

Esas cartas eran la compañía y parte de la razón de escribir de Pedro. Yo se las leía y él después se metía a su recamara a darle a la ruidosa maquina de escribir. Cuando Pedro no tenía qué contar a Clara, y cuando las historias que escuchaba de otras personas en su trabajo no le eran suficientes, volvía a tomar su bastón y su sombrero y recorría la avenida principal varias veces, se concentraba en tratar de escuchar pequeños fragmentos de conversaciones ajenas, ahí se podía escuchar de todo, sólo con una parte de pequeñas platicas que oía armaba toda una historia, que como dije, lo mantenían sobre la maquina de escribir toda la noche.

Una día en que el olor a dulce en la calle era mayor, Pedro me pidió que esa noche buscara otro lugar donde dormir, y aunque no era la primera vez que me lo pedía siempre me pareció muy extraño, pero una de las cosas que había aprendido era a no hacer preguntas, de todos modos siempre me imaginaba de que se trataba. A la mañana siguiente llegué temprano y la puerta seguía cerrada, antes de poder sacar mis llaves salió de ahí una mujer, me sorprendí tanto, no sé si era por el hecho de ver a una mujer en ese lugar y a esa hora, o por lo poco atractiva y desaliñado de su persona. Entré y Pedro estaba sentado en su sillón, mirando a la ventana, digo, como si estuviera mirando por la ventana, con las manos, el bastón y Hemingway donde siempre. Por primera vez desde que yo había estado ahí había movido un mueble, su respiración era pausada y su semblante tranquilo, me invitó a sentarme y me habló sobre una de las mejores noches de pasión en su vida. Nunca sabrás lo que es hacer el amor de verdad hasta que no estés ciego, me decía mientras recargaba su bastón en sus piernas. Imaginé cómo sus dedos habrían leído el cuerpo de esa mujer como si hubiera sido una lectura en Braille, de cómo su piel le había hablado de ella, más que sus imágenes o sus expresiones, de cómo al respirarla le habría robado la esencia, de cómo no eran necesarias las palabras, los ojos. Y fue tal la pasión y lucidez de su relato que me pareció inapropiado hablarle del esperpento de mujer con la que me había topado al entrar, definitivamente no estaríamos hablando de la misma persona. Y yo que siempre he sido tan visual, tan “primero hay que ver”. Lo escuché de tal manera que sus palabras me hablaban de formas diferentes de ver y hacer el mundo, en ese momento y sin previo aviso llegué a casa de mi novia, a media noche y con los ojos vendados traté de experimentar lo más cercano a hacer el amor sin más apreciación que la que da el ser sin una pizca de luz en los ojos.





6 comentarios:

  1. Ya decía yo, no soy ciega pero, en muchas ocasiones me hago la desentendida... no oigo no, veo, no hablo...

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    1. a veces es mejor desentender y dedicarse solamente a disfrutar, un abrazote!

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  2. Genial ... inspirador ... hay que revalorar nuestros sentidos ;)
    Rebeca :P

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  3. saboarear,oler,ver,sentir,paladear , lo tenemos y no lo apreciamos en toda su dimension , ahora se que cuando el viento toca mi cara dios me esta acariciando , hoy estas aqui mañana quien sabe, la quimio y la radio hicieron que perdiera mucha sensibilidad y se alteraran mis percepciones fue atroz, pero ahora que lo voy recuperando me como la vida saboreandola,paladeandola al maximo hasta la medula de mis huesos , con mente corazon y tod mi ser, que maravilla estar viva!!!
    GRACIAS MASTER SOY SU FAN NUMBER ONE JANNET XOXO

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    1. Me dejaste sin palabras, muchas gracias por compartirlo, esto sin duda se vuelve un homenaje indirecto. Sé por lo que estas pasando y tienes toda mi admiración, me uno a ser uno de tus admiradores :)

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