
A principios del 2006 volvía de Hong Kong, en uno de los regresos más horribles que he tenido, donde nada me esperaba, donde como ya he dicho antes, regresaba a ser un extraño en mi propia tierra. Y mientras mis intentos de adaptarme me trajeron letras y recuerdos, mi sentimiento de soledad me daba la bienvenida, porque esta vez no viajaba conmigo, porque en el último momento se bajó del avión para ser el primer sentimiento en recibirme.
A mi regreso, y motivado por un sentimiento de paz budista cocinado expresamente en uno de sus santuarios, mi primer impulso de conexión con la realidad fue combatir las dos cosas que más extrañaba en ese momento (Hong Kong y mi ella...) con la presencia de un acompañante, de algo vivo, de un amigo fiel, de alguien que fuera parteaguas de ese regreso y se materializara como el inicio de un duelo anticipado, en pocas palabras: lo que había significado "Willson" para el naufrago. Y fue como en un acto impulsivo entré a una tienda de mascotas y compre un anaranjado y brillante pez japonés, era ese el mejor símbolo de mi regreso de oriente. Su destino fue mi habitación, y mientras servía su alimento le ponía un poco del blues de BB.King.
No me dio tiempo nombrarlo, al día siguiente amaneció nadando muy cerca de la superficie, nunca había tenido un pez así, pero no creo que por muy japones que hubiera sido su forma de nadar fuera esa. Nunca supe si fue culpa del blues de BB.King o de vivir cerca de mi el que lo orilló a hacerse el harakiri, pero si no iba a aguantar ninguna de esas dos cosas era mejor así, la última vez que lo vi daba vueltas en la tasa del baño.
Tres días después una amiga de ese viaje se apareció con un regalo, era un pez Betta, azul turquesa, estático, pasivo, pero agresivo al ver su reflejo. Fue así como Oliverio llegó a ocupar ese lugar que yo no sabía que tenía disponible para alguien, me aguantó a mi y a los blues más lastimeros que escuchaba por esos días, aguantó tres caídas mientras trataba de cambiarle el agua, en ocasiones me acompañó a escribir, también me acompañó hasta que el duelo y los que vinieron fueron superados, soportó mis olvidos, soportó mis ronquidos, me recibió de otros viajes, y hasta me inspiró en uno de mis cuentos más favoritos.
Hace hora y media encendí la lampara cerca de él, recostado en la cama volteé a verlo y lo miré en el fondo de su pecera, estático como siempre, pero ya sin ese azul turquesa tan característico de él.
Aún no decido a donde lo llevaré, pero definitivamente su destino no será dar vueltas en el escusado.
Son este tipo de detalles, que llegan en ciertos momentos, los que te hacen ver que las cosas ya no volverán a ser como antes.
Venga Oli...
Yo creo que si te das la oportunidad de involucrarte en la misma proporción que en relaciones pasadas, el dolor es el mismo, sólo q la experiencia que haz adquirido y el crecimiento q haz tenido te permite valorar la situación de otra manera, es por citar un ejemplo lo q te sucedio con el primer pez ( equivalente a el balón Wilson), no es q tu capacidad se modifico, crecio o disminuyo, es creaste un vínculo ( como en el principito) y eso es lo q te hace ser diferente. Evidentemente las cosas ya nunca serán como antes, uno evoluciona o digamos es diferente cada día, incorpora nuevas actitutes, descubre nuevas cosas ( nuevos libros, nuevos cantantes, nuevos amigos, viaja, etc) y entonces el mundo se comienza a ver diferente, hay cosas, manías q siempre estaran ahi en mayor o menor grado pero uno ya nunca es igual. Tu texto me recordo a otro q hace poquitos días subí a uno de mis blogs La soledad Sonora, deberias leerlo completo pero en alguna parte dice:Yo, por primera vez, hablé de Dios. Con disfrazada precaución. Deseaba saber qué pensaba de Dios mi acompañante. Habíamos entrado en algún sitio -parada y fonda- de la calle de las Naciones. Señalando con un gran gesto los vasos de cerveza, el pulpo a la gallega, la ensaladilla rusa, y a mí también, dijo: «Dios es todo esto» , y sonrieron sus labios rosados y carnosos. Nunca volví a tocar un tema tan evidente y tan sencillo. -En otra parte dice y ahi van las lagrimas ;-), al menos ahi las mías- Desde que aquel amor se terminó -pero, sobre todo, desde que murió quien fue durante unos deslumbradores años la mejor mitad de mí-, suelo comer de cuando en cuando mejillones. «Dios es todo esto», pienso sin poder evitarlo... Cada estación tiene sus frutos; los de ahora son amargos. No obstante, sólo la vida -mejillones incluido s- puede justificar el interminable absurdo de la muerte. Pero el amor es, en ocasiones, incompatible con la vida. Nunca sabré por qué.
ResponderEliminarSaludos